Nutrición, relación y reproducción: Las tres funciones vitales de los seres vivos. Y nosotros, los humanos, las hemos desvirtualizado. Comemos sin nutrirnos, nos relacionamos sin vernos las caras y nos reproducimos por probetas. Ya nada es como en antaño, ahora todo se deconstruye porque, quizás, lo antiguo nos resulte aburrido. El aspecto negativo de ello es que vivimos en la abundancia sin cuestionarlo. Una abundancia que no nos aporta felicidad, sino ansias por conseguir más.

Recientemente, en un artículo publicado en El Confidencial, el periodista Michael Pollan criticaba cómo, en la actualidad, nos alimentamos a base de comidas procesadas de una forma imparable, cuestión provocada a sabiendas por la industria alimenticia. “Están trabajando de forma deliberada para crear comida que no podamos parar de comer. Y saben cómo hacerlo, básicamente mezclando sal, azúcar y grasa” comenta Pollan. Y el problema no sólo es ese, sino que cosificamos todo aquello que comemos, convirtiéndolo en ideas y desenlazándolo de su origen. Nos olvidamos de que la carne fue un ser vivo, de que el chocolate viene de un grano y de que la leche sale de las mamas de otro animal que acaba de parir a su prole. Bueno, al menos somos ignorantes cuando omnívoros, una vez veganos, criticamos la injusticia.

Pero hace 100 años atrás, el ganador de un Pulitzer, Upton Sinclair distribuyó una idea que diferentes personalidades compartían por aquel entonces: La cura por el ayuno. Así se llama su libro, en el cuál explica cómo realizando ayunos controlados, se puede mejorar cuerpo y alma. El que fue periodista estadounidense y marcó un antes y un después en la industria cárnica con su libro The Jungle experimentó con el vegetarianismo durante años, pero prefirió volver a alimentarse de otros animales. La razón, un tanto egoísta: se sentía mal físicamente y, en vez de mejorar su estilo de vida y alimentación, prefirió pasarse a los continuos ayunos y las dietas de carne y leche.

Abundancia o escasez. Quizás la respuesta para volver a cumplir con nuestra función vital de una forma sana no sea ni la una ni la otra. Las posibilidades son tantas cuando la oferta es ilimitada que eso de comer se ha convertido en una forma de pasar el rato. Engullimos por aburrimiento, para ver la televisión, para abrir boca o para socializarnos. Realmente no nos alimentamos por necesidad, la abundancia nos ha desarrollado una necesidad impuesta: estar siempre con algo en la boca, sea lo que fuere.

¿Lo positivo? Pues que una vez que te das cuenta de la crueldad con la que se hacen los alimentos, piensas en esa cadena de producción. Más aún si siempre andas observando las etiquetas de los envases: “Puede contener trazas de huevo y leche”. Frase que siempre encuentras por doquier y que te quita las ganas de comprar el producto, dándote las de hacerlo por ti misma. Es entonces cuando te planteas si es realmente necesario picar entre horas, comerte eso o aquello. Quizás no sea imprescindible alimentarse las 24 horas al día, al fin y al cabo en teoría comemos para sobrevivir, aunque se nos haya olvidado.

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